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viernes, enero 02, 2009

50 años de revolución

Estos días nos hemos visto inundados por la cobertura que se dio al aniversario cincuenta de la Revolución Cubana.

Casualidades de la vida, me encuentro leyendo la autobiografía de Reinaldo Arenas, escritor cubano nacido en 1943 y muerto, en el exilio, en 1990. Más allá de la maravillosa obra que tengo entre manos, he quedado impresionado por la otra cara de la dicha Revolución. Las prohibiciones ridículas que llegaban a anatemizar incluso las melenas masculinas, las persecuciones crueles e inhumanas por las que tuvieron que pasar intelectuales y artistas que se oponían a la nueva dictadura, las ejecuciones injustas y teatrales capitaneadas por el líder de la Revolución, el hambre de un pueblo obligado a trabajar como esclavo para un regimen totalitario. En fin, la muerte del espíritu cubano, vedado de imaginar y soñar una tierra distinta.

De ese libro quiero copiar tan sólo unas líneas fuertes y desgarradoras:
Pero lo más impresionante de todo era cuando uno de aquellos, a los que habíamos contado nuestros horrores, volvía a Occidente. Aquella persona se convertía ante nosotros en una especia de ser mágico por el solo hecho de poder coger un avión y salir de aquella isla; salir de aquella prisión. (...) Pero nosotros nos quedábamos allí y hacíamos una larga cola para tomar la guagua en que regresaríamos a La Habana, mirándonos con nuestras telas rústica y nuestra piel chamuscada por el sol y la falta de vitaminas. (Antes que anochezca, Barcelona: Tusquets, 2001)

miércoles, marzo 26, 2008

Pinocho, el muñeco mentiroso


Érase una vez, en un país muy lejano, un viejo minero en comisión, ya retirado, llamado Filipo. En la vida había ejercido muchos oficios, y ahora quería pasar sus últimos años en medio de los cocales del valle. Un buen día de invierno, Filipo salió a buscar algo de leña para la fogata de su chimenea. Recogió muchas ramas secas de los cocales que ya habían sido cosechados. Esa noche, cuando se disponía a avivar el fuego con las ramas, una idea iluminó la mente de Filipo. Con todas las ramas que había reunido construyó una marioneta a la que, en principio llamó “Cococho”, porque estaba hecho de ramas de coca; pero éste nombre le pareció algo vulgar, así que lo cambió por “Pinocho”, que sonaba mejor. Pensó que su nuevo juguete sería una compañía y una distracción, así podría entretenerse en su solitaria vejez. Con tanta paciencia y esmeró lo fabricó, que un hado padrino, venido del norte, se apiadó del artesano y decidió dotar de voz y movimiento a la marioneta. Ésta causó sensación entre propios y extraños, ya que era una marioneta que se movía sin hilos y hablaba por cuenta propia.

Como todo buen padre, Filipo inició a Pinocho en las artes de la oratoria y en el saber político, filosófico y religioso; la verdad es que el muñeco le salió medio rana, aprendió a hablar mucho y a decir poco. Con el tiempo, Pinocho resultó ser un niño díscolo, mentiroso y pendenciero. Se peleó con su padre y se escapó con unos malos amigos que le ofrecieron convertirlo en niño de verdad, aunque sus verdaderas intenciones eran las de transformarlo en un pobre burro para vender su carne, aprovechando la escasez de ésta en los mercados, a los comerciantes de hamburguesas y salchichas. Estos amigos hicieron creer a Pinocho que sería su líder, que junto a ellos conquistaría el mundo, la fama y los placeres.

El afán de poder, con sus hilos invisibles, comenzó a manejar a la marioneta. Envuelto en su fantasía, Pinocho se dedicó a la mentira y al engaño. Se burlaba de la gente del pueblo que en un principio lo había acogido con cariño; traicionó a muchos de sus antiguos conocidos; le importaban un bledo todas las reglas que conocía, trabó amistad con los malhechores de la comarca y terminó figurando en la lista negra del rey. La fama de sus faltas y delitos corría de pueblo en pueblo a viva voz. “Viejas chismosas, las haré callar”, amenazaba Pinocho, con el puño levantado agresivamente y la otra mano cuidando el bolsillo de la camisa. De tanto en tanto, la vocecilla de un grillo, que hacía las veces de conciencia, a falta de ella, se dejaba escuchar. A Pinocho esas cosas le tenían sin cuidado; a él sólo le importaba seguir fantaseando con su poder.

La mentira tiene patas cortas y la nariz muy larga; Pinocho no llegó muy lejos, sus maldades lo llevaron al aislamiento y la oscuridad. La marioneta se sentía sola e infeliz, se iba dando cuenta de que a sus compinches no les interesaba de verdad, ya ni siquiera sus juegos de pelota lo dejaban contento, el pueblo ya no soportaba su presencia y hasta Filipo lo rechazaba y hablaba mal de él.

Hasta ahí todas las versiones coinciden. Con afán pedagógico, para que los niños se vayan a la cama y duerman tranquilos, se cuenta que Pinocho se redime, reconoce su culpa y se hace bueno, en premio cumple su deseo de convertirse en niño de verdad. Pero, al parecer, otras son las versiones que manejan los adultos.

jueves, marzo 06, 2008

Todos a una: Fuente Ovejuna


Alrededor del siglo XVI, en un poblado cordobés de España, se vivió un caso de linchamiento. El Comendador de Fuente Ovejuna fue muerto violentamente a manos de los vecinos. Ante la pregunta de “¿Quién mató al comendador?” una y mil veces la respuesta era “Fuente Ovejuna, Señor”, todos a una respondían: Fuente Ovejuna. El nombre del pueblo dio lugar a esta pieza dramática; Lope de Vega trabajó el tema de la justicia tomada por mano propia ante la tiranía y la ausencia de ley; pero también toma en cuenta la calidad de rebaño que asume el pueblo bajo la guía de algunos líderes.

En circunstancias diferentes, ya que ahora vivimos en pleno siglo XXI y bajo el marco de un Estado de Derecho, ciertos comportamientos no han cambiado. Las noticias de linchamientos llenan las páginas de los periódicos mientras las autoridades se lavan las manos y los verdugos se esconden en turbas y consignas.

Al grito de “justicia comunitaria” pobladores de la comunidad cochabambina de Epizana torturaron durante diez horas a tres policías. Mientras las víctimas pedían auxilio e imploraban por sus vidas sus verdugos los maniataban, los golpeaban con palos y piedras, y les echaban agua hervida hasta asesinarlos. Mientras tanto dos periodistas eran atemorizados bajo la misma amenaza. Todos a una: Fuente Ovejuna

Hace poco, un traidor jueves antidemocrático, dos congresistas, fueron agredidas por una turba envalentonada que decía defender la democracia bloqueando el ingreso al parlamento a toda persona que no comparta la visión del régimen gobernante. Escupidas, golpeadas e insultadas tuvieron que retirarse ante la distraída mirada policial. Todos a una: Fuente Ovejuna.

En el Chapare, el año pasado, un joven de 26 años, confundido con un ladrón, tuvo que soportar horas atado a un árbol lleno de hormigas; ahora tiene que cargar el daño neurológico y las secuelas renales. Cuatro presuntos delincuentes fueron quemados vivos dentro de un automóvil, El Alto, diciembre de 2007. En San Ignacio de Velasco, Santa Cruz, hace un mes y medio, dos personas fueron golpeadas y quemadas bajo la acusación de robo y asesinato; uno de ellos murió, el otro se halla en terapia intensiva. En junio de 2006, en la ciudad de El Alto, un hombre muere ahorcado por algunos vecinos que decían haberlo visto robar unas herramientas. Durante dos horas, un joven en San Julián, Santa Cruz, aguantó las piedras que le lanzaba la gente por haber robado una moto; murió lapidado. Una mujer fue enterrada viva, en Potosí, porque supuestamente había cometido adulterio. Todos a una: Fuente Ovejuna.

Éstos son alguno de los casos de linchamiento que se han venido presentando; en los últimos dos años ya suman cuarenta y ocho. Pocas veces la justicia ha llegado a esclarecer los hechos. Ya va siendo tiempo de actuar, de frenar actos violentos y delictivos que aprovechándose de algunas circunstancias dejan salir lo más bajo y cruel del ser humano; es tiempo de dejar de encubrir asesinatos y torturas bajo el rótulo de “justicia comunitaria” o como diablos quiera entendérsela. No vaya a ser que la violencia siga cobrando más y más víctimas; que esa violencia, que crece en escalada, vuelva a tomar las calles y repita un febrero, un octubre o un enero negro; y, peor aún, sigamos con la mala de costumbre de gritar todos a una: Fuente Ovejuna.

miércoles, febrero 20, 2008

La vida de los otros


En la antigua República Democrática Alemana (RDA), bajo el régimen comunista, se contaba con un departamento de policía secreta y de inteligencia: la STASI o Ministerio para la Seguridad del Estado. Esta institución estaba encargada de vigilar y supervisar las actividades políticas de los ciudadanos para detectar comportamientos subversivos o antirrevolucionarios. La STASI fue considerada uno de los sistemas de inteligencia más efectivos del mundo. Este organismo llegó a tener en sus filas a más de noventa mil espías y trescientos mil informantes civiles que se dedicaron a pinchar teléfonos, espiar la vida privada de los ciudadanos mediante micrófonos y cámaras ocultas, hacer seguimientos de personas consideradas “sospechosas”, etc.; todo un mecanismo de defensa de un régimen asustado, y de ataque a los derechos humanos y a las libertades civiles.

Este contexto sirve como telón de fondo para que el director alemán Florian Henckel-Donnersmarck lleve a las pantallas la película, ganadora del Oscar a la mejor extranjera, La vida de los otros. El capitán Wiesler recibe la misión de “observar” al dramaturgo Georg Dreyman y a su novia, la actriz Christa-Maria Sieland. El trabajo no es más que rutina, entrar al domicilio, revisar un poco, instalar micrófonos y cámaras, seguimiento por la calle, etc. El oficial va acompañando, por decirlo de alguna manera, la vida de la pareja, tanto en sus relaciones sociales como en las más íntimas. El trabajo comienza a convertirse en placer, las historias ajenas van haciéndose propias, la vida de los otros va robándole su propia vida. De un momento a otro lo cotidiano se altera, la relación con un escritor amigo apunta a la subversión, éste le pide a Dreyman que colabore con algún artículo, relacionado a los suicidios en la Alemania comunista, en un periódico opositor. El dramaturgo acepta.

Dentro de un Estado policía es difícil tener una opinión distinta a la oficial; más difícil aún es poder expresarla. Lo más simple se torna complejo, desde conseguir una máquina de escribir que no esté registrada, hasta lograr que el artículo escrito pueda atravesar la frontera para su publicación. El capitán alemán es testigo de todos estos hechos, pero curiosamente guarda silencio sobre ellos; los informes llegan alterados, en favor de vigilados, a las oficinas de la STASI.

Si bien no existen pruebas de la protección, y por tanto de la traición al Estado, que brinda Wiesler a sus vigilados; la sospecha está presente. En clave de tragedia la mujer de Dreyman, después de ser obligada a declarar en contra de su marido, muere en un accidente. El dramaturgo se queda sin su amada. El capitán termina su carrera de espía en los sótanos del Ministerio, husmeando en la correspondencia ajena.

Es cierto que el régimen no dura mucho tiempo más en el poder. La democracia, la caída del muro y la unificación de las dos alemanias son la prueba de ello. Pero también es cierto que la Stasi y sus mecanismos de espionaje se encargaron, directa o indirectamente, de arruinar la vida de miles ciudadanos. Más allá de lo ilegal de sus acciones, está el voyeurismo de su inconciente y la inmoralidad de su proceder.

En conclusión, podemos decir que espiar y ser espiado es un tema muy recurrente y muy a propósito no sólo en el cine.


domingo, noviembre 11, 2007

De viajeros a ilegales


Me gusta viajar, creo que a la mayoría le gusta hacerlo, sobre todo si se trata de un viaje de placer, de esos que sirven para descansar, pasear y recargar el ánimo. Dependiendo de los destinos y las condiciones se puede viajar en avión o en tren, por carretera y hasta en barco, sin olvidar los tradicionales viajes a pie. Para un buen viaje hace falta una buena preparación, esto incluye desde el escoger la maleta según los días que estaremos fuera hasta seleccionar ropa y algunos artículos personales. No se debe olvidar la planificación de la estadía, dónde nos hospedaremos, qué lugares se visitarán, qué recuerdos traeremos para amigos y familiares, etc. En fin, viajar es todo un ritual que nos permite vivir experiencias nuevas y distintas, nos pone en contacto con personas y lugares que enriquecen nuestro espíritu y nuestra percepción sobre la vida.

Pero es otro el tipo de viaje del que queremos ocuparnos ahora. Muchos hombres y mujeres se ven obligados a salir de su tierra para buscar otra con mejores oportunidades, personas que viajan cargadas de esperanzas y miedos dejando atrás su historia, sus familias y sus frustraciones. Estos viajeros han sido llamados “migrantes”, y en algunos países “ilegales”. Quién hubiera pensado que incluso la condición de viajero podía convertirse en delito; a este paso no será raro que, también, en un futuro, el tener hambre y no poder alimentar a una familia o el sueño de una vida mejor adquieran la misma categoría.

Quizás se hace necesario recordar que la condición migrante ha acompañado al hombre desde sus orígenes. Nuestros antepasados africanos, los primeros homínidos de los que tenemos noticias, buscando mejores condiciones de vida, salieron de su territorio y se expandieron por todo el mundo. Las grandes migraciones han sido parte de la historia del hombre; el éxodo de los judíos persiguiendo el sueño de la tierra prometida, aquel lugar donde manaba la leche y la miel, es la mejor metáfora de la condición humana. Siempre hemos estado corriendo detrás de nuestros sueños, sin importar cuán lejos estén.

La búsqueda de mejores condiciones de vida ha sido el elemento más importante para que el hombre se traslade de un territorio a otro. Éste sigue siendo el principal motivo de las actuales migraciones. En algún momento de la historia América fue el lugar que recibió a personas del resto del mundo ofreciéndoles nuevas oportunidades; europeos, asiáticos, incluso africanos se beneficiaron de la posibilidad. En otro momento Estados Unidos se convirtió en otro de los paraísos prometidos, “the american way of life” fue el gran sueño. Ahora la gente prefiere ir a Europa para poder participar de la bonanza que allá se vive.

Viajando, el ser humano siempre estuvo viajando. Aunque parece que muchas veces no queremos reconocer esta condición nuestra y por eso le cerramos la puerta en la cara al que viene necesitado de ayuda, no dejamos que el pobre se alimente con las sobras que dejamos caer de nuestras mesas. Dios quiera que la próxima vez que preparemos maletas no sea para abandonar nuestra tierra buscando trabajo, que el hambre de nuestras familias no sea la motivación, que las puertas que vayamos a tocar no estén cerradas, y peor aún, que no pasemos a ser considerados ilegales.