martes, febrero 12, 2008

Abrazos gratis



Tanto padres como hijos andan reclamándolos a cada rato. Los amigos y los enamorados no se cansan de darlos ni de recibirlos. Suelen ser señales de apertura, acogida y protección. Dan calor y expresan afecto; aunque algunos provocan locura. Sobre ellos se han hecho poemas, canciones, cuentos; el mismo Eduardo Galeano les dedicó un libro entero. Algunos verbos cercanos nos hablan de ceñir, estrechar, rodear, contener, incluir, adoptar. Sí, estamos hablando de los abrazos.
¿Cuánto cuesta dar un abrazo? Juan Mann, en inglés la fonética nos remite a [One Man] (un hombre) descubrió que abrazar podía no costar nada; de ahí en adelante se dedicó a gastar su tiempo abrazando gente por calles transitadas, contagiando su entusiasmo a otros muchos, hasta llegar a generar un movimiento mundial de abrazos gratis. Con la soledad a cuestas, recién llegado a su ciudad natal, los padres divorciados, la relación fracasada con la novia, una abuela muy enferma, Jason Hunter salió, en junio del 2004, a las calles de Sidney, Australia, a repartir abrazos gratis. El regalo lo había recibido poco antes, en una fiesta, de brazos de una mujer desconocida. Ese abrazo cambió su vida y su forma de ver el mundo y de entender a las personas.
Años más tarde, tras la muerte de la abuela, la depresión se volvió a apoderar del hombre que había hecho de los abrazos una forma de vida. Entre las muestras de afecto que recibió durante ese tiempo, destaca un regalo especial: un video suyo, filmado por un transeúnte casual, Shimon Moore, cuando un policía intentaba detener los abrazos gratis. Tiempo después, colgada en la página web de Youtube, la grabación contagiaría el entusiasmo por salir a calles y plazas para abrazar a la gente, sin mayor explicación.
El movimiento "Free hugs" (abrazos gratis) se dio conocer en todo el mundo. Hombres y mujeres, inspirados por la actitud de Mann, dedicaron parte de su tiempo a repartir abrazos a las personas con las que se topaban. El movimiento fue creciendo y traspasando todo tipo de barreras, sin importar sexos, edades, clases, credos ni idiomas. Los abrazos son cariños universales, y así nace "Abrazos gratis", versión en español de "Free hugs". La iniciativa traída a Latinoamérica llega desde España; los abrazos se van regalando de persona a persona, en una cadena que construye lazos entre los seres humanos.
Esta columna no se estaría escribiendo si es que yo no hubiera descubierto y recibido "Abrazos gratis", una tarde nublada en la población de Copacabana, a orillas del Lago Titicaca; si es que no hubiera descubierto lo obvio: que abrazar no cuesta nada; si es que no hubiera experimentado lo placentero que se siente el ser abrazado por alguien sin haber esperado semejante regalo. Basta sólo ese instante para sentirse querido, para dejar atrás la soledad con la que se carga, para volver a creer en la humanidad y en un proyecto de hermandad. Basta un abrazo, uno solo, para sentirse como un rey; así lo experimentó Mann el día de la fiesta en los brazos de la desconocida.
Que los abrazos gratis no se terminen nunca; más bien se multipliquen y lleguen a todos. Salir a regalar abrazos no cuesta nada; recibirlos, tampoco. Ánimo, a abrazar y dejarse abrazar.
¡Cambia la actitud y cambiarás el mundo!

viernes, enero 18, 2008

Un aplauso, por favor


Apenas empezado el nuevo año, recuperándonos de la resaca de las últimas fiestas, de seguro ya nos estamos preparando para el carnaval. Convites por aquí y por allá; músicos y bailarines de ensayo en ensayo; modistas, costureros y bordadores con las agujas a cien por hora, infladores de globos preparando el negocio; acomodando las cervezas en el refrigerador para que estén frías en el momento justo. Pero, a veces, estos afanes hacen que pasemos de largo la transición de un año a otro, con el riesgo de que el tiempo se nos vaya sin la oportunidad de hacer algunos altos para reflexionar y proyectar nuestras vidas y nuestras historias. No queremos que esto nos pase, así que pondremos algunas líneas sobre este tiempo.


El Dosmilsiete se fue; y con él, sus hechos y muchos de sus personajes. Se retiró bastante cargadito, con sus cosas encima y algo humillado, se marchó casi sin decir nada; si algo nos queda de él, son los recuerdos. Entre éstos están los buenos y lo malos, los gratos y los ingratos; lamentablemente los malos y los ingratos, parece que se impusieron a los otros. Definitivamente no fue de los mejores años que hayamos tenido; su paso por la historia deja mucho que desear y pensar. Comenzamos el primer mes con enfrentamientos. De ahí para adelante fuimos testigos de la imposibilidad de dialogar. Los prefectos contra el gobierno. Racismo de uno y otro lado, con sus respectivas dosis de intolerancia y abuso. Muertos, personas cuyos fallecimientos se pudieron evitar. Sangre, luto y dolor. Unión Juvenil Cruceñista, Jóvenes por la Democracia, cocaleros, campesinos, movimientos sociales, ponchos rojos y sus perros degollados. Constituciones, pronunciamientos, cabildos y militares de por medio. Pandillas, inseguridad y linchamientos. Mayor violencia, agresividad y temor. Entre otros ésos son los recuerdos que se guardan del pasado año. Pero, pese a todo, el tiempo avanza y nosotros seguimos inmersos en la historia y en la realidad. La sabiduría popular dice que aquello que no mata, nos hace más fuertes. Ojalá hayamos aprendido la lección porque si no estaremos condenados a repetirla, una y otra vez. Lo bueno fue que al final de todo quedamos con mucha ilusión por el siguiente año y por lo que en él podríamos hacer. Por eso y por más, por las enseñanzas, por los tropiezos y sobre todo por la esperanza, despidamos el pasado año sin resentimientos.


Ahora, con todo el anterior año atrás, estamos en pleno Dosmilocho. Recibimos este año hace pocos días, con entusiasmo, con luces de colores, música y baile, con el ferviente deseo de que sea un buen año, de que nuestros proyectos se cumplan. Familia, salud, prosperidad, son las palabras que fuimos repitiendo constantemente a nivel personal; también pensamos en diálogo, tolerancia, paz, concertación. como deseos para nuestro país. Y empezamos bien, la sola posibilidad de encuentro entre el Presidente y los prefectos nos abre muchas puertas, nos hace pensar que no todo está perdido. Que ésta sea la actitud durante todo el año. Desde un escenario de diálogo y respeto podremos comenzar a trabajar los otros temas que tanto nos urgen y a veces nos desesperan. Ánimo con el nuevo año y con las posibilidades que nos descubre.


Desde esta columna queremos recibir el Dosmilocho con un aplauso, por favor.

viernes, diciembre 28, 2007

Entre pañales lo encontraran


La democracia no es sólo un concepto; según Dolores Oller, tenemos que buscar la forma de que esta vieja palabra esté cargada de futuro, de ilusión, pero sobretodo de esperanza. ¿Incluso cuando vivimos asustados por lo que vaya a pasar mañana? ¿Aún cuando vemos que todos los intentos de pacificación y diálogo no consiguen muchos frutos? ¿Esperanza en tiempos de crisis? Parece contradictorio hablar de democracia, tal como la estamos viviendo ahora, y junto a ella pensar en un futuro de esperanza e ilusión. El significado de la navidad podría ayudarnos un poco.

"No teman, porque yo vengo a comunicarles una buena nueva que será motivo de mucha alegría para todo el pueblo." Lucas, uno de los cuatro evangelistas, nos relata así el anuncio que el ángel, enviado por Dios, transmite a unos pastores en una noche por demás estrellada. En esos tiempos el pueblo estaba viviendo sometido a un poder extranjero que lo oprimía, enfrentado por la violencia de grupos radicales que buscaban satisfacer sus demandas, y con una sensación de pesimismo porque pensaba que hasta Dios lo había abandonado. Cuánto más ahora estamos necesitados de una noticia, buena y nueva, que nos traiga alegría a todos.

En medio del caos, el pueblo de Israel sabía lo que estaba esperando, y lo deseaba con toda sus entrañas: un salvador, el Mesías. El anuncio del ángel continúa con la proclamación de la buena nueva: "Hoy ha nacido para ustedes en la ciudad de David un Salvador que es Cristo Señor." Por fin, Dios escuchó los ruegos de su gente y se apiadó de ellos. El Mesías llegó, y con él las ilusiones renacieron. La primera navidad trajo consigo, envuelta en papel de regalo, la posibilidad de soñar en un mundo mejor, más justo y más humano. Después de dos mil años todavía buscamos ese regalo escondido; es cosa de descubrirlo nuevamente y dejarnos inundar por la promesa que el ángel anunció a esos pastores de Belén.

Dios se encarnó en el pueblo haciéndose parte de su historia como uno más. Jesús, el Dios hecho niño, está entre ellos, esperando ser descubierto. Para que la búsqueda de los pastores no sea infructuosa, y para evitar el peligro del engaño, el ángel dio una pista importante: "En esto lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre." Sí, es un bebé. El libertador no viene a caballo, rodeado de esplendor, ni cargado de armas y riquezas; está acostado en un pesebre y envuelto tan sólo en pañales. Ni siquiera es un niño nacido de princesa ni señora de alta sociedad, no está en una cuna ni en un hospital, tampoco su nacimiento ha sido motivo de noticia sino para unos cuantos cuidadores de ovejas. Y es ahí, en medio de esa pobreza y sencillez donde se encuentra la salvación. Nosotros tampoco nos dejemos engañar, la verdadera promesa de futuro, ilusión y esperanza no está en los cantos triunfalistas ni en las promesas demagógicas, no está en la división ni el enfrentamiento. Dios se ha hecho hombre en Jesús, el camino, la verdad y la vida. Busquemos en medio del pueblo, del auténtico resto de Israel; busquemos en los pesebres y entre los pañales.

Sin caer en las frases vacías y de tarjeta, oremos todos juntos para que esta Navidad pueda ser noticia y signo de un futuro lleno de esperanzas para todos los bolivianos y bolivianas.

martes, diciembre 18, 2007

Escenas que agitan el corazón



  1. Unos par de ojos negros envueltos en finas y largas pestañas; una lágrima, sólo una, desciende lentamente por la mejilla de la mujer amada. Se detiene a mitad del camino, brilla, y un pañuelo blanco la recoge para guardarla en el recuerdo del amado.

  2. Una flor olvidada entre las hojas de un viejo cuaderno de poesía; después de muchos años, un niño la encuentra al revisar los libros viejos del abuelo.

  3. Un joven, parado en uno de los ventanales del aeropuerto, observando un avión que acaba de partir. Agitando la mano en señal de despedida; y en el bolsillo del pantalón, una declaración de amor jamás entregada.

  4. Una anciana, en la sala de la casa, sentada en su mecedora, rodeada de sus hijos y algunos de sus nietos. Es San Juan, la señora dormita, y deja entrever que una sonrisa se apodera de su arrugado rostro. Ellos ven la televisión, ella recuerda.

  5. En Nochebuena, un niño, en su habitación, pelea con el sueño. Intenta permanecer despierto hasta el momento especial. Estrenando pijama, abrigado, dormita; un ojo cerrado y el otro entreabierto.

  6. Una muñeca sin ojos; un soldado de plomo despintado; un peluche manchado de barro; un automóvil a escala con tres ruedas; un payaso extraviado en un rincón; una cuna arrinconada en el depósito; un parque infantil vacío… Entre otras cosas.

  7. Un bebé dormido. Con una mano sostiene su biberón, con la otra el dedo pulgar de su padre.

  8. Después de veinte años, en una fiesta de aniversario, uno vuelve por primera vez al colegio. Se le ocurre visitar la última aula en la que estuvo antes de graduarse. Se acerca al pupitre que ocupaba y en el tablero de la mesa todavía permanece grabado y su nombre y el de su amor platónico.

  9. Un papá el día del cumpleaños de sus hijos. Los titiriteros contratados no llegaron. Para salvar la situación decide ponerse una pelotita roja en la nariz y animar la fiesta.

  10. La llegada de un amigo. Es viernes, diez de la noche, llueve a cántaros, llaman a la puerta insistentemente. Tenemos que levantarnos de la cama para ir a ver quién es. De pronto, él está parado ahí, son su paraguas y una botella de vino.

miércoles, noviembre 21, 2007

Cosas que agradan a la gente


Las personas somos muy complicadas, y a lo largo de nuestras vidas nos vamos complicando aún más. Sólo eso explicaría que nos agraden las cosas que nos agradan. Por ejemplo, las cosquillas nos arrancan sonrisas, más aún si nos las hacen con una pluma regalada por un colibrí en medio de su mejor vuelo; el éxtasis llega cuando son las uñas, delicadamente cuidadas, de una mujer que por la mañana trabaja de repostera, las que nos acarician. Son doblemente significativos, y nos agradan mucho, los cariños recibidos de la mano que exactamente hace un año tomamos por primera vez.

Es muy sencillo y a la vez muy difícil hacer que la gente se sienta bien. A veces basta ver pasar, justo al mediodía, bajo un cielo limpio y un sol radiante, a una muchacha joven con un vestido de flores amarillas, mientras nos pica la oreja izquierda. O cuando, en la calle, en medio de un par de pensamientos que nos han estado rondando la cabeza todo el día, observamos un taxi blanco con la puerta trasera mordiendo la punta del abrigo café de una señora cincuentona que el viento mueve como a una hoja seca. Ni que decir si estamos parados debajo de las ramas de un frondoso árbol esperando a alguien que nos prometió llegar temprano, y de pronto sentimos que unas pocas gotas de lluvia caen pausadamente anunciando una gran tormenta; nosotros seguimos parados, seguimos esperando, y, en medio del diluvio, vemos que se acerca la amiga más bonita que tenemos, toda mojada, con el cabello ondulado y una sonrisa inexplicable.

En una sala de maternidad, una tarde de verano, un bebé que al nacer prematuramente es recibido por los brazos de un médico recién casado, y al lado suyo, una enfermera enamorada platónicamente contempla la escena componen un cuadro muy lindo. Las imágenes repletas de niños son otra fuente de agrado para todos: por la tarde, en un parque relativamente pequeño, todos ellos van vestidos con camisetas de colores, pantalones de mezclilla y zapatos muy pequeños enterrados en la arena, unos están saltando, otros corriendo, algunos caminando de manos y uno, el menor de todos, dormido a la sombra del resbalín.

Pequeños detalles son los que nos hacen agradable la vida. Por la mañana, muy temprano, si recién levantados de la cama encontramos en la mesa del comedor una taza de café caliente con dos cucharillas de azúcar, un par de tostadas untadas con mantequilla y un poco de mermelada de limón el ánimo se nos levanta de inmediato. También nos agrada mucho caminar, sobre todo si es jueves de luna llena, en octubre, y estamos solos en la ciudad. Y si encontramos en la calle un sobre color crema sin ninguna otra seña, y dentro de él una tarjeta con un beso de labios de mujer estampado en rojo encendido podremos sentirnos dichosos.

Éstas son sólo algunas de las cosas que agradan a la gente. La vida esta rebalsando de ellas, las encontramos en cada vuelta de esquina y de memoria. Lo difícil es tener la paciencia para buscarlas y el tiempo para detenerse en contemplación ante ellas. Las cosas que nos agradan están ahí, esperando ser descubiertas, es muy agradable e importante poder hacerlo. Lo esencial es saber que, por encima de todo, lo que más le agrada a la gente, es sentirse querida.

domingo, noviembre 11, 2007

De viajeros a ilegales


Me gusta viajar, creo que a la mayoría le gusta hacerlo, sobre todo si se trata de un viaje de placer, de esos que sirven para descansar, pasear y recargar el ánimo. Dependiendo de los destinos y las condiciones se puede viajar en avión o en tren, por carretera y hasta en barco, sin olvidar los tradicionales viajes a pie. Para un buen viaje hace falta una buena preparación, esto incluye desde el escoger la maleta según los días que estaremos fuera hasta seleccionar ropa y algunos artículos personales. No se debe olvidar la planificación de la estadía, dónde nos hospedaremos, qué lugares se visitarán, qué recuerdos traeremos para amigos y familiares, etc. En fin, viajar es todo un ritual que nos permite vivir experiencias nuevas y distintas, nos pone en contacto con personas y lugares que enriquecen nuestro espíritu y nuestra percepción sobre la vida.

Pero es otro el tipo de viaje del que queremos ocuparnos ahora. Muchos hombres y mujeres se ven obligados a salir de su tierra para buscar otra con mejores oportunidades, personas que viajan cargadas de esperanzas y miedos dejando atrás su historia, sus familias y sus frustraciones. Estos viajeros han sido llamados “migrantes”, y en algunos países “ilegales”. Quién hubiera pensado que incluso la condición de viajero podía convertirse en delito; a este paso no será raro que, también, en un futuro, el tener hambre y no poder alimentar a una familia o el sueño de una vida mejor adquieran la misma categoría.

Quizás se hace necesario recordar que la condición migrante ha acompañado al hombre desde sus orígenes. Nuestros antepasados africanos, los primeros homínidos de los que tenemos noticias, buscando mejores condiciones de vida, salieron de su territorio y se expandieron por todo el mundo. Las grandes migraciones han sido parte de la historia del hombre; el éxodo de los judíos persiguiendo el sueño de la tierra prometida, aquel lugar donde manaba la leche y la miel, es la mejor metáfora de la condición humana. Siempre hemos estado corriendo detrás de nuestros sueños, sin importar cuán lejos estén.

La búsqueda de mejores condiciones de vida ha sido el elemento más importante para que el hombre se traslade de un territorio a otro. Éste sigue siendo el principal motivo de las actuales migraciones. En algún momento de la historia América fue el lugar que recibió a personas del resto del mundo ofreciéndoles nuevas oportunidades; europeos, asiáticos, incluso africanos se beneficiaron de la posibilidad. En otro momento Estados Unidos se convirtió en otro de los paraísos prometidos, “the american way of life” fue el gran sueño. Ahora la gente prefiere ir a Europa para poder participar de la bonanza que allá se vive.

Viajando, el ser humano siempre estuvo viajando. Aunque parece que muchas veces no queremos reconocer esta condición nuestra y por eso le cerramos la puerta en la cara al que viene necesitado de ayuda, no dejamos que el pobre se alimente con las sobras que dejamos caer de nuestras mesas. Dios quiera que la próxima vez que preparemos maletas no sea para abandonar nuestra tierra buscando trabajo, que el hambre de nuestras familias no sea la motivación, que las puertas que vayamos a tocar no estén cerradas, y peor aún, que no pasemos a ser considerados ilegales.

sábado, noviembre 03, 2007

¿Cuán discriminadores somos?


Eduardo S. tiene 17 años. El último regalo que recibió fue su nueva pelota. Spiderman es su personaje favorito. En cuestión de música prefiere las canciones románticas porque sus letras son fáciles de memorizar. Va todos los domingos al zoológico, le encantan los animales. Él es un joven como cualquier otro, sólo que su mente se detuvo a los seis años. Eduardo es una persona con discapacidad.

¿Por qué a nosotros? ¿En qué hemos fallado? ¿Qué vamos a hacer ahora? Son tres de las cientos de preguntas que rondaban día a día la cabeza de sus padres. Es difícil aceptar que a uno le nazca un hijo con algún tipo de problema. Tiene que haber todo un proceso que rompa estructuras, que permita aceptar la discapacidad como algo familiar y querido, la vida cotidiana adquiere nuevas perspectivas, los corazones crecen y la capacidad de amar explota en todas sus dimensiones.

Se obró un milagro gracias a este niño. La familia se convirtió en un hogar capaz de acoger la diferencia, de aceptarla y de amarla. Sus padres viven para él y para ayudar a otras personas que se estén enfrentando a situaciones similares. Eduardo se encuentra estudiando en un instituto para personas con retraso mental. Sabe leer y escribir, conoce la ciudad y puede movilizarse relativamente por ella, le gusta trabajar con madera, cortarla, darle formas, pintarla y poder realizar sus propios juguetes; su cuarto está lleno de patitos tallados pintados de amarillo, un tren con vagones enlazados, maderitas con formas geométricas pintadas de vivos colores para poder construir lo que su imaginación crea, dibujos, muchos dibujos y en la cabecera de su cama la foto de su último cumpleaños.

Dicen que la familia es el reflejo de la sociedad; ojalá fuera así. Lamentablemente la nuestra no está preparada para aceptar y menos para convivir con personas diferentes. Hay una desinformación sobre el manejo de la diferencia que se traduce en discriminación, intolerancia, racismo, xenofobia, etc. Todo aquello que es distinto nos produce miedo y rechazo. Nuestra sociedad está llena de barreras físicas, culturales y mentales que tienen que ser superadas.

Eduardo, a sus 17 años, es una de las más de ochocientas mil personas con discapacidad en el país. El día en que estas personas puedan caminar por las calles y la gente no se dé la vuelta para observarlas, aunque sea disimuladamente; el día que gente como Eduardo pueda ingresar a un colegio cualquiera o a una universidad sin el temor a la burla, al rechazo o a la incomprensión por parte de alumnos y profesores; el día en que ellos puedan acceder a oportunidades reales de trabajo que les permitan autosostenerse de manera independiente; el día en que cuenten con un seguro de salud para acompañar sus procesos; el día en que tengan la oportunidad de poder desarrollar diferentes actividades; que exista una posibilidad de jubilación que reconozca su trabajo y aporte a la comunidad; ese día habremos superado, como país y como sociedad, la barrera que nos separa y nos tapa los oídos para no escuchar el grito de dolor del otro, de aquel ser humano que se encuentra viviendo en situación de injusticia, de sufrimiento y abandono. Cuando seamos capaces de asumir la vida de nuestros semejantes como responsabilidad nuestra seremos auténticos seres humanos.